- Anma to onna (Hiroshi Shimizu, 1938)
La importancia de contemplar lo cotidiano

Hoy vengo a hablar del cine ambiental, y no concrétamente de películas sobre el medio ambiente, sino sobre ese cine contemplativo, lento, que invita a la reflexión, a sentir, a admirar lo que generalmente ignoramos en las películas más “mainstream” y en la vida en general. Hoy en día, valorado por los círculos de premios europeos (y algunos americanos) gracias a los últimos Cannes y festivales como Venecia o Gijón, hasta hace un tiempo era incomprendido por los críticos, y aún hoy en día sigue siendo “cine raro” para muchos que no se declaran cinéfilos. Así que, quizá por su naturaleza o quizá por su lejanía del cine más popular, este tipo de películas quedan relegadas a un público más reducido, pero no por ello, a un público más intelectual, que es el error que se suele cometer al valorar estas películas.
Películas como las de Weerasethakul, Lisandro Alonso, Winding Refn o Kelly Reichardt serán lentas, pero para nada “intelectuales” en el sentido despectivo con el que se suele utilizar esta palabra. Si, son filmes que por su ritmo, por su falta de género y por la falta de una narrativa con el típico introducción-nudo- desenlace se alejan del cine de Hollywood, pero no por ello son menos importantes. Ninguno trata ningún tema complejo, sino todo lo contrario, tratan sobre la vida en general, sobre lo pesada de ésta en ocasiones, sobre como nuestras actitudes, nuestra personalidad y nuestros actos influyen en la vida cotidiana del día a día, que probablemente no notemos, pero que está, y que si se convierte en relevante cuando vemos una película como éstas. Algunas tienen metáforas, como “Síndromes y un Siglo”, de Weerasethakul, pero son mensajes que no buscan imponer, sino mostrar. Algunas no tienen más secreto que lo que vemos, como el cine de Alonso o “Wendy y Lucy” de Kelly Reichardt. De todas formas es un cine con un ritmo lento, un uso de la música ambiental, filmes con la sensación de que flotan en el aire, películas en las que vemos solo un momento de la vida de los personajes, a veces sin final, a veces sin un principio claro. Una visión a la vida de los personajes tan solo limitada por la duración del metraje.
Quizá por eso estas películas enfadan a mucha gente (que no todos, no generalizo). El hecho de no poder evadirse con el cine de Van Sant o el ya mentado Alonso, aparta al público casual del concepto equívoco que se tiene de “cine”. Estas películas nos sumen en una realidad áspera, que no deja lugar a sorpresas irreales, a giros repentinos, a segundas oportunidades. Quizá la frase más escuchada en las críticas a estas películas sea “no pasa nada”. Pero esto es un error por dos razones. La primera, porque está claro que no pasa nada en estas películas, porque representan la cotidianidad, eso que vivimos todos los días, esa rutina que esperamos que se rompa, esas nimiedades que forman el conjunto de lo que es un día, un mes, un año para nosotros. La vida, vamos. Y la segunda es que es un error pensar que no pasa nada en estos filmes. Las imágenes suelen tener fuerza, el silencio es un arma potente y la rutina puede dar mucho que hablar. Esas nimiedades son importantes, por más pequeñas que parezcan. Como en un puzzle, cada ficha importa. Esto se habrá dicho dedicado a películas de intriga, a thrillers, pero también se puede aplicar a este tipo de cine. Cuando en “Síndromes y un Siglo”, de Apichatpong Weerasethakul, una doctora entrevista a un tipo que quiere entrar a trabajar, cada palabra importa, tanto las de él como las de ella, y cada imagen de su cara, también importa. Él, con sus palabras, dice ser un hombre divertido, que hace reír a la gente, pero su cara y posteriores escenas en las que lo vemos declararse a una mujer o lo vemos hacer su trabajo, nos muestran que es un hombre aburrido. Esto es un rompecabezas, todo importa. La diferencia con el concepto de “puzzle” que se tiene en los thrillers, películas de intriga, etc. es que allí importa el resultado, el rompecabezas acabado. Aquí lo más seguro es que no acabe, y si acaba, no importa ese resultado. Las fichas son lo más relevante. Y he aquí lo más bello de este tipo de películas.
Escrito por Federico Van Cibeira
Deseos humanos

- Shame (Steve McQueen, 2011)
Todo está excesivamente subrayado en “Shame”. Todo es demasiado evidente. McQueen es exageradamente reiterativo, sobretodo a la hora de mostrarnos esa personalidad auto-destructiva, esos “vicios”, esa “enfermedad” del protagonista. Parece que al propio director no le importa la película, sólo le importa el personaje. Pero en ese punto, ni siquiera lo trata con respeto. Peca de una visión totalmente moralista y lo juzga constantemente. No sin antes (y me repito) subrayar hasta la extenuación las enormes diferencias entre el carácter de Brandon y lo aceptado por una sociedad intransigente, que lo condena (al igual que el propio McQueen) desde el primer minuto. Todo demasiado repetitivo e insulso. Excesivamente manierista y artificial. En especial esos momentos finales en que, tras el descenso a los infiernos del protagonista, éste se ve “salvado” moralmente a través de su hermana, único punto de apoyo que tiene, y único personaje con el que Brandon (y la película) muestra un mínimo atisbo de “humanidad”. Pero todo ello excesivamente impostado, más propio (en momentos concretos) de directores como Darren Aronofsky o Gaspar Noé, que hacen del efectismo y la abyección una seña de identidad. Finalmente, es necesario nombrar a Michael Fassbender. Su actuación es portentosa (una vez más), tanto en su contención (la mayor parte del filme) como en los arranques de agresividad, que rompen el tono reposado que impera en la mayoría del metraje. Pero nada más.
- A Short Film About the Indio Nacional (Raya Martin, 2006)
a proposito de la fisicidad…

Es curioso comprobar lo que expresa “Die Hard” en pleno 2012, más de veinte años después de su estreno. Da la sensación de que se ha perdido una manera de hacer cine de acción. Primaba lo físico (lo humano) por encima de todo. La clarividencia a la hora de crear escenas de acción. El saber esperar, el ceñirse a unas normas básicas sin más pretensiones. Cine de género (con sus reglas) más allá de la acumulación incomprensible de estallidos de violencia y velocidad digital en las escenas de acción. Cine de artesanos en lo suyo (McTiernan, Cosmatos, Lester, etc). De los héroes de acción, de los personajes carismáticos. La agresividad, la aventura. El sentir la sangre. Fisicidad. Quizás el público ha cambiado, quizás no interese. En películas como “Mission Impossible IV” o “Taken” hay humanidad, pero son excepciones. Aunque quizás no sea justo pedir esa fisicidad que añoro en pleno siglo XXI. Pero sí hay algo que es justo pedir y que sí tenían aquellas películas: Alma.
muerte y vida

- Il Cartaio (Dario Argento, 2004)
Debo ser de los pocos que reivindican a Argento a partir de la década de los ’90. Tras su obra maestra “Opera” (su última película en los años ’80), el director italiano entró “oficialmente” en plena decadencia, a pesar de realizar una de sus mejores y más personales películas, “La sindrome di Stendhal”. A principios de la década pasada realiza “Non ho sonno”, un interesante thriller y a continuación, la película que nos ocupa. “Il Cartaio”, su décimoquinto largometraje se articula como un policíaco convencional y basa su funcionamiento en el minimalismo de su propuesta. Argento tiene 64 años cuando realiza esta cinta. Quizás ahí radica la simpleza y la búsqueda de una pureza argumental más allá de las complicaciones y los giros de guión demenciales de sus películas en los años ’70 u ’80. La fijación en los pequeños detalles, que dan un valor especial a la película. Argento nos propone la muerte como algo liberador, por muy violenta que sea. De ahí, el optimismo que invade la película por momentos (remarcado por el magnífico plano final). Tras la muerte de John (el personaje interpretado por Liam Cunningham), Argento no obsequia con un plano vital y hermoso, pocas veces visto en su cine: los rayos del sol, a través de las hojas de un árbol. Una vida acaba, y otra comienza.
“Il Cartaio” presenta la búsqueda de un futuro más allá de la muerte. De ahí la actitud de Anna (Sara en la mente del asesino), el personaje representado por la actriz Stefania Rocca (que hace un gran trabajo), en el que podemos advertir cierta frustración (tanto vital como sexual). Una mujer “independiente”, al que John le dice en un momento dado: “sé que no estás acostumbrada a pasar las noches con un hombre”. Anteriormente Remo (el chico “contratado” para jugar contra el asesino) mantiene una conversación con ella en el baño, generando una ambigua y extraña tensión sexual. La búsqueda de liberación de una mujer atrapada en un mundo de hombres. Una búsqueda que termina en un hermoso plano, uno de los más significativos de los últimos Argentos: El del final, que se extiende a lo largo de los créditos, en el que Anna/Sara triunfante en su encuentro con el asesino (ya liberado de su frustración por un amor no correspondido), sola en plena noche, observa hacia arriba un par de veces, sonríe y desaparece del plano.
- La sindrome di Stendhal (Dario Argento, 1996)
- Vertigo (Alfred Hitchcock, 1958)
Javier Miranda
